Medicina popular, superstición y saber ancestral en una cultura de montaña

En los Valles Pasiegos, la vida tradicional estuvo marcada por el paisaje, el ganado y la movilidad estacional. Pero también por algo menos visible y, sin embargo, fundamental: la manera en que sus habitantes entendían la salud, la enfermedad y la protección frente a lo incierto.

Durante siglos, en estas montañas de Cantabria, el médico no siempre estaba cerca. Los caminos eran largos, el aislamiento era real y las familias dependían en gran medida de sus propios recursos. En ese contexto, la enfermedad no se afrontaba únicamente con remedios físicos, sino también con gestos simbólicos, amuletos y prácticas transmitidas de generación en generación.

La medicina popular pasiega no era un conjunto de “supersticiones” sin más. Era, sobre todo, una respuesta cultural y práctica a una vida exigente. Y en el libro Los pasiegos (1960), Adriano García-Lomas recoge algunos ejemplos fascinantes de ese cruce entre experiencia, naturaleza y creencia.

El mal de ojo y la protección de los más vulnerables

Uno de los temores más extendidos en la salud pasiega era el llamado “mal de ojo”, también denominado “maldao”: una influencia negativa, invisible, que podía afectar especialmente a los niños pequeños. Se creía que una mirada cargada de envidia o mala intención podía causar decaimiento, llanto persistente o enfermedad.

Para prevenirlo, se recurría a amuletos sencillos pero cargados de significado. Adriano menciona el uso de ajos o azabaches colgados al cuello, así como la higa —la “manina”— atada en la muñeca de los bebés de pecho. Estos objetos actuaban como barrera simbólica, una forma de “cerrar el paso” a lo dañino.

Lo interesante es que estas prácticas no se vivían como algo marginal. Formaban parte del cuidado cotidiano, igual que abrigar bien al niño o vigilar su alimentación. Lo religioso, lo mágico y lo práctico convivían sin contradicción.

Remedios de la tierra: plantas y polvos curativos

Más allá de los amuletos, el mundo pasiego conservaba un repertorio de curas basadas en la observación y en el uso de recursos naturales.

Un ejemplo especialmente llamativo es el tratamiento de la diarrea en las crías bovinas, conocida como “juria” (y en personas, “bajera”). Para curarla, se utilizaba Saxifraga geum tostada y reducida a polvo, o también polvo de bellotas de roble.

Aquí conviene detenerse un momento para entenderlo bien: la Saxifraga geum es una planta de montaña, pequeña y resistente, que crece en zonas húmedas y pedregosas. Tostarla y pulverizarla era una forma de preparar un remedio concentrado, casi como una medicina casera en polvo. Este tipo de prácticas muestran un conocimiento botánico empírico: se sabía qué plantas podían ayudar, cómo prepararlas y cuándo aplicarlas.

El polvo de bellota, por su parte, tiene sentido por sus propiedades astringentes, útiles para frenar diarreas. Son soluciones nacidas de la experiencia acumulada, no de un laboratorio, pero tampoco del azar.

Enfermedades del ganado: salud familiar

En los Valles Pasiegos, cuidar la salud del ganado era cuidar la salud de la casa. Una vaca enferma podía suponer la ruina, porque la leche era el eje de la economía familiar.

Adriano recoge que ese mismo polvo de bellotas se empleaba también para la “viaraza” de las caballerías, lo que demuestra que estos remedios no se limitaban a las personas, sino que se aplicaban a los animales con igual atención.

Otra dolencia temida era la mamitis o “malera”, inflamación de los pezones en vacas. En este caso aparece un elemento ritual: como práctica preventiva, se trazaba una cruz con unas tijeras sobre el cuerpo del animal.

Desde una mirada moderna puede parecer extraño, pero tiene una lógica cultural clara: la cruz es un símbolo protector, y el gesto combina lo práctico (intervenir, actuar) con lo sagrado (invocar defensa). Es un ejemplo perfecto del cruce entre medicina popular y creencia.

Un repertorio amplio de dolencias

García-Lomas menciona también remedios tradicionales para aftas, tumores, mataduras, picaduras de bichos, así como emplastos y linimentos elaborados con ingredientes naturales.

Aunque no siempre detalla cada receta, la enumeración deja claro que existía un saber terapéutico amplio, compartido en la comunidad. No era un conocimiento escrito, sino oral, transmitido por mayores, por vecinos, por mujeres que cuidaban de la casa y por hombres habituados al ganado.

En ese sentido, la medicina popular era también una forma de cohesión social: se curaba en comunidad, se aconsejaba, se compartían remedios.

Brujas, maleficios y el miedo a lo invisible

El mundo pasiego tradicional no estaba exento de creencias en maleficios. Adriano recoge, por ejemplo, prácticas para evitar el daño atribuido a brujas: echar sal sobre la lumbre y recitar un conjuro.

Estos gestos nos hablan del miedo a lo inexplicable en sociedades donde la enfermedad podía llegar de repente y sin explicación científica. La magia funcionaba como lenguaje cultural para nombrar lo que no se entendía y, sobre todo, para sentir que se hacía algo frente a ello.

Un patrimonio invisible

Hoy, muchas de estas prácticas han desaparecido o se recuerdan como anécdotas. Pero forman parte de un patrimonio cultural profundo: el de una comunidad que supo vivir en un entorno exigente con los recursos disponibles, combinando naturaleza, experiencia, fe y símbolos.

Visitar los Valles Pasiegos no es solo recorrer un paisaje hermoso. Es caminar por un territorio donde cada cabaña, cada prado y cada costumbre guardan memoria de una forma de vida completa. Y en esa memoria, la salud —entendida como equilibrio entre cuerpo, comunidad y mundo invisible— ocupa un lugar central.

Porque en el Pas, durante siglos, curar no fue solo aplicar un remedio: fue también proteger, acompañar y resistir.